Tú eres único.
Sólo ha habido y siempre habrá uno como tú. Por muy parecido que parezcas a los demás, sigues siendo único. Dios te creó así a propósito para un propósito que sólo tú puedes cumplir. Si quieres cumplir tu propósito, y contribuir al cuerpo de Cristo en su conjunto como sólo tú puedes hacerlo, tienes que empezar por reconocer y aceptar estas dos verdades.
En primer lugar, tienes que aceptar tu singularidad y sentirte cómodo con tu extraordinario diseño. No estás hecho para ser como los demás. Eso significa que todo el mundo es “raro”, así que acéptalo. Piensas y sientes de una manera única para ti, y por tanto tu experiencia, incluso si la compartes con otra persona, también te formará de manera diferente. Eso también significa que tu relación con Dios es especial. Cuando Su Espíritu vive en ti, proyectas la imagen de Dios como sólo tú puedes hacerlo. Eres un farol diseñado para brillar como ningún otro y la luz de la gloria de Dios irradia a través de ti de una manera singularmente especial.
En segundo lugar, tienes que darte cuenta de que todos los demás también son únicos, con su propio propósito específico. Todos nosotros en el cuerpo de Cristo tenemos una función. Un dedo del pie no puede ser un labio, un ojo no puede ser un brazo. Incluso cada pelo tiene su propio lugar en el cuerpo. Reconocer y aceptar lo que nos hace diferentes nos permite tener gracia en el trato con los demás. La gracia de ser misericordiosos y perdonar no sólo a los demás, sino también a nosotros mismos, es la clave para amarnos bien los unos a los otros.

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